UNA REVOLUCIÓN BIOCULTURAL
(TRANSFORMACIÓN INTERIOR
REVOLUCIÓN EXTERIOR)
II. LA REVOLUCIÓN INTERIOR
III. LA REVOLUCIÓN EXTERIOR
IV. LA ALQUIMIA DE LA CARNE
V. LA REVOLUCIÓN BIOCULTURAL
VI. INDIGNADOS SIN FRONTERAS
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I.1) Un problema del alma
I.1.1. La ecología era inicialmente la rama de la zoología que estudiaba la distribución de los animales y su relación con el medio ambiente. Se extendió más tarde al estudio de la flora y del clima. Hoy abarca todo lo que tiene relación con el ecosistema que sostiene y regula la vida; y ello, porque todo, absolutamente todo, es interdependiente. Precisamente, la interdependencia es el tema central de la reflexión que articula este alegato, este vaticinio de la gran revolución biocultural que ha de cambiar la faz del mundo.
I.1.2. Por esto, la ecología ha de tratar también del equilibrio entre las ciudades y el campo y la acción devastadora de las multinacionales que causan la emigración de la gente del campo abocándolas a la miseria suburbial de las grandes ciudades.
I.1.3. Todo es interdependiente. La actividad financiera, económica, industrial y comercial, incide de manera aguda en la vida y felicidad de las personas y en todas las áreas de la vida humana.
I.1.4. De la misma manera que se han de erradicar las causas de una enfermedad han de ser erradicadas, a su vez, las causas de las guerras, las hambrunas, las deslocalizaciones masivas, y todo aquello que trastorna el equilibrio exterior e interior de las personas.
I.1.5. (Ejemplo de los manglares…en la costa norte del Ecuador poblada de hermosos manglares, árboles tolerantes a la sal que crecen en las costas tropicales, en las desembocaduras de los ríos…y proporcionan una protección natural de las costas contra los huracanes y maremotos, y contienen una gran cantidad de organismos acuáticos, anfibios y terrestres… En un punto de esa costa, donde se encuentra el manglar más alto del mundo, cuyos árboles pueden sobrepasar los 60 metros de alto, en Olmedo, donde viven unas doscientas familias… se ha instalado una empresa especializada en la cría de langostinos rojos… Esta industria, que pertenece a una rica familia de la capital, está provocando la muerte del manglar… Se talan árboles, se construyen diques de hormigón, se desvía el agua de las mareas provocando la caída masiva de los árboles, se ha desviado un río para que haga de canal de desagüe de los productos químicos y plaguicidas usados en los criaderos… El resultado es la muerte masiva de árboles y la pérdida de más del 70% de los recursos pesqueros, vitales para el sustento de la población, muchas de cuyas familias han tenido que emigrar para vivir en los barrios más marginales de las grandes ciudades… una hectárea de manglar natural permitía vivir dignamente a 10 familias de la recolección de pesca y moluscos, mientras que 100 hectáreas de piscinas dan trabajo a cuatro personas…Aún más, esta industria apenas sobrevivirá 10 años. En ese plazo los manglares estarán agotados, y los langostinos tendrán que criarse en otros lugares… Nuestro mundo está lleno de historias como esta. Historias de empresas poderosas que, en su afán de capitalizar en el menor tiempo posible sus beneficios, destruyen mares, bosques, lagunas y reservas naturales, sumiendo a sus habitantes en la pobreza. A esto le llamamos desarrollo (El País 11-7-010 Gustavo Martín Garzo). [También puede citarse el Ejemplo de la Pampa de la Patagonia Argentina con Benetton].
I.1.6. No se puede continuar tolerando esto en ninguna parte del mundo. El bien colectivo ha de primar sobre el privado. Ha llegado el momento de decir: ¡Basta ya! La actividad criminal de las multinacionales y demás empresas neoliberales se ha de inscribir, ya de una vez, y con carácter de urgencia, en el código penal, lo mismo que los genocidios y los crímenes de lesa humanidad.
I.1.7. El medio ambiente no puede limitarse sólo a los aspectos atmosféricos, climatológicos y ecobiológicos de la flora y la fauna. Nos olvidamos de lo más importante. Nos olvidamos de los seres humanos, su equilibrio y relación con el medio ambiente, del que depende su vida y su dignidad. La ecología ha de contemplar, por encima de todo, el equilibrio social, económico y cultural, urbano y rural, así como aquellos aspectos vitales que condicionan la vida de los seres humanos.
I.1.8. La economía, la sociología, la política, la filosofía incluso, no pueden quedar secuestradas en manos de los mercaderes y las oligarquías elitistas ni de las teorías economicistas que atentan contra la salud pública.
I.1.9. No nos interesa a donde apuntan los mercados, ni el crecimiento insostenible que justifica la explotación del trabajo ni el producto nacional bruto en nombre del que se embrutece la vida de las personas. Nos interesa, por encima de todo, el capital de la felicidad, dentro de las posibilidades ontológicas del ser humano. Eso es lo que queremos desarrollar, la felicidad que ilumina la vida, no la riqueza innecesaria que acumula algo así como un dieciocho por ciento de la humanidad en detrimento de la felicidad del resto de la humanidad.
I.1.10. Casi la mitad de toda la tierra cultivable que hay en Estados Unidos está en manos del 4% de los propietarios del país. En Guatemala, menos del 8% de los productores agrícolas se reparten el 80% de la tierra; y la mitad del campo de Brasil está controlado por el 1% de la población.
I.1.11. La desigualdad en el acceso de la tierra, según datos del diario Público del 1 de junio de 2011, perpetuada por gobiernos y empresas, es uno de los factores que están empujando al abismo al sistema alimentario mundial. Esta especulación, junto con la escalada de los precios de los alimentos y el cambio climático, constituye una "bomba de relojería" que puede echar por tierra décadas de avance en la lucha contra el hambre, según el estudio "cultivar un futuro mejor" presentado por la ONG Intermón Oxfam.
I.1.12. La globalidad de la ecología desplaza el ámbito de los intereses creados, y exige una visión científica que no someta al ser humano al papel de animal encadenado a las exigencias de productividad salvaje al servicio del lucro que están destrozando la vida de familias y pueblos enteros.
I.1.13. Como señala Sulak Sivaraksa, autor de "La Sabiduría de la Sostenibilidad" (Economía budista para el siglo XXI, publicado por Ediciones Dharma, 2011), "Hay una gran necesidad de cambio. Es hora de que la gente sea la prioridad".
I.1.14. El planeta necesitó miles de millones de años para poder filtrar los rayos del sol, y dar así cauce a la vida; a una vida que a lo largo de cientos de millones de años se ha ido conformando y extendiendo a través de complejos y delicados mecanismos cibernéticos, interdependientes, que hoy nuestro desarrollo tecnológico y nuestra falta de cuidado pueden destruir.
I.1.15. La nueva ciencia, así como algunas antiguas doctrinas no teístas, como la ontología y cosmología budistas, nos invitan a tener en cuenta este hecho impresionante: hay partículas minerales en nuestro cuerpo que tienen una antigüedad de miles y miles de millones de años; es decir, que los elementos constitutivos de nuestro cuerpo no han nacido con nosotros, sino que somos, en gran medida, el producto de su combinación.
I.1.16. Pero sabemos, además, que una estructura no viene determinada sólo por los elementos que la componen, sino, y sobre todo, por el tipo de relación establecida entre ellos. Es el modelo –la forma de relación– lo que determina que algo sea una piedra, una flor o un ser humano.
I.1.17. Podemos, por otra parte, afirmar que sabemos mucho acerca del proceso evolutivo y de estructuración de la vida, casi somos capaces de reproducir un cuerpo humano, pero lo que no podemos hacer es dar una conciencia a ese cuerpo porque lo desconocemos todo acerca del espíritu que anima la vida. Hablamos, por ejemplo, de inmunodeficiencia, la estudiamos con microscopios electrónicos, pero no sabemos nada de la “humano deficiencia” que causa todas las enfermedades, y que nos acerca vertiginosamente a ese punto crítico que no permite retorno.
I.1.18. Lo cierto es que no somos capaces de reproducir el milagro de la vida consciente, pero somos, en cambio, muy capaces de destruirla. Ése es el poder que hemos adquirido.
I.1.19. Sin embargo, no quiero caer en el melodrama ni en el pesimismo escatológico de algunas utopías. Al fin y al cabo, esto entra en el orden natural de las cosas. Nada es permanente. El sufrimiento tampoco es permanente. Además, la vida, lo sabemos, es inseparable del sufrimiento. La vida, lo afirma nuestra experiencia histórica, religiosa, social y personal, es sufrimiento. El Paraíso Terrenal, si lo hubo, se ha perdido, y recobrarlo parece cada vez más lejos de nuestro alcance. Además, suponiendo que consiguiéramos recuperarlo, lo volveríamos a perder. Lo sabemos: todo lo que se erige, un día u otro se desmorona; todo lo que se acumula, un día u otro se dispersa; todos los que se encuentran, un día u otro se separan; todo lo que nace, muere. Esto es sufrimiento… Mientras nos identifiquemos con las cosas, con estas cosas perecederas, estaremos poniendo causas de sufrimiento.
I.1.20. La impermanencia es ley de vida. En el espacio que consiguen abarcar nuestros más potentes telescopios —espacio, por otra parte, ínfimo– los astrónomos pueden contar aproximadamente cientos de miles de galaxias, y millones de soles y planetas, entre los que se han de encontrar planetas similares al nuestro. Todo está en movimiento y todo cambia. No hay nada que permanezca estable.
I.1.21. En esa pequeña porción del cosmos, nuestra desaparición repentina pasaría prácticamente desapercibida. Dicen que tal desaparición se vería, a lo sumo, como una motita de polvo cayendo al trasluz de una ventana. Pero no quiero plantear la cuestión de la ecología desde una perspectiva apocalíptica o estridente, sino con la determinación y la libertad de pensamiento que nos concede, precisamente, su desdramatización.
I.1.22. Esto resulta difícil porque se trata de un asunto de conciencia, y solemos tener la impresión de que a la conciencia se la puede despertar gritando. Pero no basta gritar.
Razonar sobre la cuestión es, sin duda, una forma de grito, o por lo menos una vibración, una señal de alarma. En la Antigüedad se decía que un concepto es como el golpe que se da a un gong de bronce. Pero, en la actualidad, los razonamientos ni sobresaltan, ni despiertan ni hacen vibrar el corazón de casi nadie.
I.1.23. Por eso necesitamos algo más que un simple razonamiento. Algo que alcanzase a tocarnos el alma, la fibra más sensible de nuestro corazón mental. En este caso, el concepto a “tocar” es el de la ecología y la conciencia o pensamiento, y la vibración posterior es el razonamiento con el que quisiéramos llegar a hacer vibrar el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo, en cuyas manos está el poner fin a tanto y tan peligroso descontrol, para lo cual se hace necesario plantar cara públicamente a los poderes fácticos establecidos, tal como se ha hecho el 15M, por ejemplo, aunque no con la suficiente altura de miras, con la suficiente ambición solidaria y universal que requiere la revolución biocultural que, se siente ya, de ahí estas manifestaciones, pero que aún no ha sido concientizada.
I.1.24. Si se tratase de un problema meramente ecológico o de justicia laboral, científico o técnico, no cabe duda que podríamos solucionarlo. ¿Acaso nuestro planeta no cuenta con energía y recursos suficientes para atender a las necesidades de todos sus habitantes, sin excepción? Pensemos en la enorme cantidad de recursos que se arrojan al mar o se incineran o se dejan pudrir al pie de los árboles; pensemos en los presupuestos militares, en el fraude fiscal y social, en nuestros cubos de basura.
I.1.25. La revolución biocultural, en la que ya estamos inmersos,incorpora la conciencia de la dignidad del ser humano a la evolución crítica, vital, en la que se inscribe el paso del homo tecnosalvaje que domina hoy el mundo al homo sapiens sapiens que garantiza la continuidad de la vida del ser humano en este planeta o, mejor dicho, visto el cariz que ha tomado la mera racionalidad que se considera que caracteriza a los humanos, debiéramos de hablar del ser sobrehumano y la cultura sobrerracional como nuevo paradigma biocultural de la humanidad naciente.
I.1.26. Sabemos cuidar del cuerpo y transformarlo si hace falta; podemos cambiarnos la nariz, si no nos gusta la nuestra, pero ignoramos como cambiar o transformar nuestro espíritu, ese mal espíritu que nos lleva al desastre porque se aleja cada vez más de la naturaleza de las cosas, porque se separa de la realidad y nos impide retener el sentido de la vida. Ese mal espíritu que sólo se preocupa de sí mismo, que se limita y se confunde con el cuerpo, alejándose de este modo de la posibilidad de conocerse a sí mismo. El árbol impide ver el bosque.
I.1.27. Resulta pues evidente que el problema ecológico que padece el mundo no es de índole tecnológico. La tecnología y los tecnócratas no tienen la culpa de nuestra ignorancia fundamental. Nuestro problema básico, que es un problema colectivo porque atañe a cada uno de nosotros, deriva del hecho de que somos unos bárbaros, de que actuamos y pensamos como bárbaros, es decir, como seres que confunden el fin con los medios. Este es el problema base que aún no han solucionado las manifestaciones sociales del presente. Todos los problemas y desgracias que padecemos y que ponen en peligro la vida misma en su conjunto surgen del error de tomar la vida como un fin en sí misma, y no como una aventura trascendental.
I.1.28. No, no se trata de un problema científico o técnico, como el de la escasez de cereales vivos y el exceso de alimentos híbridos que amenaza con dejar a las generaciones futuras sin mucho que llevarse a la boca. Si fuera un problema físico o material, acabaríamos encontrándole una salida o, al menos, un sucedáneo, aunque fuese en el ámbito de la esclavitud de los hormigueros, en el que ya estamos cayendo. Por esto, la revolución es ya, además de necesaria, urgente.
I.1.29. Sabemos cuidar del cuerpo y transformarlo si hace falta; podemos cambiarnos la nariz, si no nos gusta la nuestra, pero ignoramos como cambiar o transformar nuestro espíritu, ese mal espíritu que nos lleva al desastre porque se aleja cada vez más de la naturaleza de las cosas, porque se separa de la realidad y nos impide retener el sentido de la vida. Ese mal espíritu que sólo se preocupa de sí mismo, que se limita y se confunde con el cuerpo, alejándose de este modo de la posibilidad de reconocer su verdadera naturaleza y el potencial extraordinario que estamos reprimiendo en aras de la moral-ficción imperante. El árbol impide ver el bosque.
I.1.30. Repito, pues, que no se trata de un problema técnico o del medio ambiente, sino de un problema del ambiente cultural que respiramos. El problema clave, el big bang de una ecología que se quiera efectiva, es un problema del alma humana, un problema surgido de lo cruel y pervertida que puede llegar a ser la naturaleza humana que es capaz de confundir las causas de felicidad con las del sufrimiento, capaz de retorcerle el cuello a la misma gallina de los huevos de oro.
2) La perversión intelectual del realismo
I.2.1. La vida, tal como la conocemos hoy, esta civilización tecnosalvaje –y lo grave es que sea salvaje, no lo otro– resulta del espíritu intelectual, conceptual, que sustituye a la ventura de la vida, el viaje del conocimiento, por el egocentrismo imperante y la cultura de escaparate del antropoide afeitado, el hombre tecnosalvaje, sus deseos y apetitos más espurios.
I.2.2. Es el triunfo del “yo pienso, luego existo”. Es verdad, pues virtualmente sólo “existimos” en razón de lo que pensamos. Por eso es tan importante lo que pensamos. Caer en la locura de pensar sólo en nosotros mismos, como el osito almizclero que da vueltas sobre sí mismo en busca de un perfume que lo fascina, nos conduce a esa actitud intelectual, enajenada de la vida, que necesita explicarse conceptual o verbalmente incluso lo más evidente, porque ya no es capaz de ver nada directamente, con sus propios ojos, libre de conceptualizaciones y fijaciones egocéntricas, generalmente de “segunda mano”.
I.2.3. Es eso lo que nos vuelve indecisos. La característica de este espíritu intelectual es que nos hace indecisos, enajenados y dispersos, como a “aquel hombre herido por una flecha” que no permite que los que acuden en su auxilio se la extraigan si no responden antes a sus preguntas sobre quién la ha lanzado, cuál es su nombre, por qué lo ha hecho, si está envenenada, qué clase de veneno... y así muere desangrado, acuchillado por sus disquisiciones.
I.2.4. Es eso lo que nos impide encontrarnos con la realidad de la interdependencia, que es el fundamento de la comprensión y la solidaridad universal.
I.2.5. En eso estamos, explicándonos lo que es evidente, brutalmente evidente, pero tan cercano que no se ve, o no se quiere ver. Precisamente, en eso consiste el diletantismo o rodeo que damos para mirar a la verdad de lado o a lo sumo de soslayo, lo que implica nuestra necesidad de encontrar una explicación para todo, una excusa, un retrasar la solución al problema del que no quieren salir ciertas gentes “pudientes” y los políticos que las representan.
I.2.6. Explicar algo significa alejarse de ese algo, convertirlo en un objeto, envolverlo con los anticuerpos de nuestro intelecto. La explicación suele ser la vacuna que contrarresta la solución.
I.2.7. Así procedemos al explicar el hambre y la expoliación de África o la Guerra del Petróleo, la nueva colonización de América del Sur por parte de las multinacionales y el FMI, o el saqueo salvaje del sistema neoliberal que padecemos a manos de los que comercian con la comida generando el hambre de los pueblos, y los financieros de las guerras, la trata de mujeres, de niños y de órganos, la bioquímica de márquetin, la medicina industrial, las drogas y el nuevo esclavismo del trabajo, los tiburones de la bolsa y los bancos y los hombres de negocios anónimos que arrasan con todo. Cuando pretendemos explicarlo o describirlo, digo, nos desvinculamos del problema, aunque lo lamentemos en abstracto, porque nunca asumimos lo que piensan o sufren los otros como algo propio. En realidad, somos incapaces de contemplar otra realidad que no sea la del “yo pienso”, la que me afecta directamente.
I.2.8. A partir de la teoría del conocimiento que se basa en la radical separación del sujeto que conoce o piensa y del objeto conocido o pensado, y de la creencia, más teológica que científica, en esta dualidad que Descartes elevó a rango de ley al afirmar: “la cosa que piensa –es decir “yo”– no tiene necesidad de otro objeto que de sí misma para ejercer su acción, aunque pueda también extenderla a las cosas materiales cuando las examina”, dualidad de la que resulta este pensamiento rector que se cree independiente, no interdependiente, con el que investigamos la realidad como algo ajeno a nosotros, como una cosa u objeto extraño a nuestra propia naturaleza. Limitamos de este modo nuestra percepción de la misma, la totalidad sujeto–objeto, al desvincular, en el momento de la experiencia, al sujeto que investiga, por así decirlo, mirando la televisión, ahíto y amodorrado después de haber comido y bebido en exceso, del sujeto u objeto investigado, el niño cadavérico en brazos de una madre desolada, que aparece en la pantalla como algo ya congelado por la historia inevitable.
I.2.9. Al aceptar esta manera errónea de considerar las cosas procedemos a colocarnos las lentes del racionalismo cartesiano que nos han inculcado en la escuela, desde nuestra más tierna edad, este realismo cómodo, fácil de entender para los niños pues se basa, cada vez más, en el egocentrismo, dando lugar a una razón o razonamiento dual, dividido, que separa el cuerpo del alma, a la razón de la dignidad implícita del ser humano, al yo del otro, haciéndonos ver dos entidades donde no hay dualidad, donde no hay “dos”, al margen de la abstracción conceptual, mental, intelectual, que pretende hacernos ver tal como si la materia y el espíritu, la casa y el habitante, el continente y el contenido, la madre y el hijo, el exceso de un lado y la carencia del otro, pudieran existir por separado.
I.2.10. Nos estamos auto mutilando, pero creemos que la imagen patética que vemos en el espejo de la televisión es la de otro. En lugar de quedar anonadados, nos quedamos dormidos, anestesiados por el opio del intelectualismo llamado “realista” y su secuela de explicaciones.
I.2.11. Esta es la tragedia invisible que anuncia el fin de los tiempos de la humanidad inteligente, capaz de trascender las limitaciones meramente animales o biológicas con las que nos quieren enterrar los idus del patriarcado senil esqueletizado en el llamado "sistema", nuestro enemigo sistemático.
I.2.12. La ciencia que así nos desorienta, mejor que clásica o moderna, habría que llamarla ciega, pues determina esta miopía de la conciencia, este abismo cultural que desgarra en lugar de coser puesto que trabaja con una aguja de dos puntas, sujeto y objeto separados, cuya punta virtual del iceberg es ese doble rasero moral que se aplica a los llamados conflictos o problemas internacionales y, en general, a los problemas que consideramos ajenos. Ese dicho neoliberal, insolidario, terriblemente elocuente, de “es tu problema“.
I.2.13. Somos demasiado intelectuales, en el peor sentido de la palabra. Nos abstraemos de la realidad, es decir, nos sustraemos de lo evidente adentrándonos en sus entresijos, fijándonos en sus partes y divisiones, clasificaciones y subclasificaciones, en una fragmentación indefinida que hipnotiza nuestra mente, cada vez más aburrida, miope y burocratizada, en la medida en que reducimos el universo a una máquina viviente y al ser humano a un cuerpo de necesidades excluyentes, alejándonos así inexorablemente de la realidad.
I.2.14. Es asombroso que los hombres de buena voluntad y probada solvencia crítica en el campo social y el económico, se me ocurren nombres como el de Mayor Zaragoza, Joan Melé, Paco Alvarez Molina, Vicenc Navarro, Annie Leonard, Green Peace, Amnistía Internacional, etc., a pesar de la solidez de sus argumentos, no sean escuchados por los que quieren cambiar las cosas desde el interior del sistema, guardando las formas para que lo bueno no se hunda también junto con lo malo, tal como si a un organismo mortalmente herido en su corazón se le pudiese salvar el resto de sus órganos y mantener la misma cara, la misma personalidad jurídica y política causante del mal mortal. No cabe una revolución parcial. Hay quienes quieren cambiar las cosas pero no saben bien por qué otras cosas. En definitiva, parece que quieran cambiar algo para que todo continúe igual. Carentes de una visión global, solidaria, universal, no disciernen la diferencia que separa la revolución biocultural de las revoluciones meramente sociales o políticas de las que han surgido las mismas pseudodemocrácias que están destruyendo la justicia social y los derechos humanos que lograron para unos pocos. La crisis económica y de valores que vivimos hoy es tan antigua como la de los imperios faraónicos,romanos, teológicos y coloniales que se han perpetuado hasta el día de hoy por medio de la dictadura neoliberal que padecemos. Me estoy refiriendo a los millones de votantes teledirigidos por los medios de comunicación tradicionales que se quieren beneficiar de un sistéma injusto e irracional que destruye los valores humanos y ensalza el individualismo de los depredadores, consumidores se les llama hoy.
I.2.15. Pensamos demasiado en demasiado poco. Sólo en nuestros apetitos y necesidades más aparentes e inmediatas. A eso contribuye no poco el régimen publicitario de los medios de comunicación, Caballo de Troya que los hombres de negocios y los poderes fácticos nos introducen en casa, la mayor fuente de polución sociocultural que padecemos, la más peligrosa y de efectos más devastadores.
I.2.16. Lo que mal se inicia, con el mal se afianza. Esta teoría del conocimiento que impregna nuestras escuelas primarias y la mentalidad de nuestras hogares y calles, y lo que es peor, que ignora olímpicamente la naturaleza global e interdependiente del ser mismo y de su entorno, genera enfermedades contra la naturaleza como las que ahora se están manifestando, algunas de ellas catalogadas incluso como delito.
I.2.17. Así, la contaminación de los mares y de los ríos, la depredación endémica de la flora y la fauna en pos de nuestro delirio de enriquecimiento combustible, mientras se produce la fusión de los casquetes polares de esta mente intelectualoide y codiciosa que puede arruinar en poco tiempo el laborioso proceso de miles de millones de años del que surge la vida.
I.2.18. De ahí arranca en buena parte este problema vital que vivimos hoy. No sólo no conseguimos la felicidad humana y la explicación última de los fenómenos registrando las leyes naturales, sino que, al extrapolar estas leyes a las ciencias humanas y a sus aplicaciones sociales, hemos favorecido la proclamación de leyes “naturales” de mercado con las que nos reducimos a la condición de animales que se comen los unos a los otros.
I.2.19. Hemos de hacer un esfuerzo sobrehumano para salir de este agujero mental que tanto mal causa, hemos de trascender el nivel de estas limitaciones animales. Es una revolución biocultural.
I.2.20. Algo nuevo se afirma en el planeta como elemento principal de la evolución humana que trasciende el límite de la irracionalidad que nos ha conducido hasta aquí, al borde de la pérdida de la conciencia que nos permite ser libres y solidarios, aventureros de la vida del conocimiento que no tiene fin cuando se disuelven las nubes conceptuales, egocéntricas, y los velos kármicos que nos mantienen prisioneros del miedo, del apego, de la ignorancia propia de la hormiga de la despensa, incapaz de levantar la mirada más allá.
I.2.21. Más que pensar, hemos de mirar francamente y sin velos a las cosas, objeto de conocimiento. Más que pensar en ello, hay que mirar ya directamente a la realidad que trasciende los muros de la dispersión mental, con la que ahora nos confundimos al rendir la dignidad humana a las leyes de las ciencias naturales y a sus aplicaciones sociales, plagadas de intereses ancestrales de las propiedad animal que marca los límites con sus orines de clase y el deseo de permanecer, el miedo a la muerte natural y a la muerte violenta por igual, el miedo que nos hace estudiar los mecanismos animales con la fruición de las supervivencia, con la que hemos favorecido la proclamación de leyes “naturales” de mercado con las que nos reducimos a la condición de animales que se comen los unos a los otros...
I-2.22. A esto nos ha conducido la distorsión intelectualista de la realidad de las cosas. La mirada baja del “realismo” con la que lo reducimos todo a la medida del homo faber.
I-2.23. No es suficiente saber cosas. Es necesario levantar la mirada. Un sistema tan complejo como el de la estructura de la vida, sea orgánica o inorgánica, cósmica, social o individual, exterior o interior, es inestable y suele sufrir fluctuaciones, perturbaciones y reacciones en cadena que se oponen a la rigidez mecanicista de nuestra linealidad mental con la que precipitamos crisis que pueden ser catastróficas e incluso –ahora ya no lo podemos ignorar– irreversibles.
3) El futuro pasa por casa
I-3.1. La nueva física ha puesto de manifiesto que la unidad material que tanto ha buscado la ciencia occidental no existe, que no existe un “punto singular” que sea principio del universo y de todas las cosas. No hay pues dualidad, porque, si no hay “uno”, no hay “dos”, y viceversa.
I-3.2. Esta nueva visión del mundo va a cambiar no sólo nuestra percepción del universo, sino también nuestra actitud frente a la vida y la muerte, frente a nosotros mismos; y a propiciar, tal vez, la revolución sociocultural y biocultural mayor de la historia.I-3.3. Pero, esta revolución no podemos ni debemos esperar que surja del sistema establecido. Para que nos haga libres y consecuentes con nosotros mismos y con nuestro entorno debe nacer de nuestra conciencia, individual y colectiva, de nuestra investigación personal del orden espiritual, del clima cultivado en nuestros hogares, escuelas y universidades, de la transmisión oral y multimedia, de la de la atomización, que no desarticulación, de los medios de comunicación y del poder.
I-3.4. El cambio, si nos atenemos a sus indicios, ya está surgiendo. La aparición de las ONG, que tan buenos resultados están dando pese a su minifundio y escasez de recursos, pone de manifiesto el modo y la manera en la que se va a desarrollar el germen de esta necesidad biocultural que, al emerger de nuestra corteza histórica, puede dar lugar al florecimiento de una humanidad adulta, consciente y solidaria, más cerca de la plenitud a la que aspira el homo sapiens sapiens... Y también es testimonio de ello las manifestaciones para una Democracia Real Ya del 15M y las revueltas del Norte de África y Oriente Próximo, todas ellas en contra de las oligarquías asfixiantes, quizás más crueles que nunca cuando se esconden tras la gurka de las sociedades anónimas, directamente asesinas muchas veces, pero respaldadas por la legitimidad social y política que se han hecho a su medida burlando el anhelo de felicidad del resto de la humanidad, a la que se lo ponen todo muy difícil cuando no trágicamente imposible, fomentando la desmembración de las familias, la deslocalización de los trabajadores y las emigraciones forzosas, cuando no las guerras y los genocidios.
I-3.5. Pese a todo, o precisamente por ello, como tantas otras revoluciones surgidas como reacción al abuso extremo, el cambio se anuncia por doquier.
I-3.6. La atomización de los medios de comunicación abre un resquicio a las reiteradas y múltiples humillaciones de las que ha sido objeto la humanidad base a lo largo de la historia, y ahora vuelve a florecer esta antigua aspiración de la humanidad que apunta a la felicidad y a la sabiduría que se manifiesta, ahora, enarbolando la bandera de la ecología, una ecología integral, no política o de funcionarios al servicio de los poderes fácticos, aunque tampoco se trata de un asunto de beneficencia. Una ecología trascendental además de ambiental.I-3.7. No se trata de supervivencia ni beneficencia. Se trata del nuevo ser humano, hombre o mujer, que ha de trascender al homo faber tal como éste trascendió al mero mamífero. Se trata de una mutación necesaria cuyas coordenadas se inscriben a otros niveles, con otra frecuencia de espíritu y otros registros culturales.
I-3.8. Pero, mucha atención, no hay un ápice de revanchismo en ello. Se entiende que las sociedades anónimas y las oligarquías explotadoras del bien común no están hechas de malas personas. Son hijos de la ignorancia, de la codicia y el egocentrismo establecidos entre los seres humanos desde siempre, incluso con carácter religioso. Solo hay que mirar la historia.
I-3.9. Los problemas socio-ecológicos actuales no son responsabilidad de un determinado tipo de gobiernos, oligarquías y sociedades anónimas o planes quinquenales tecnosalvajes, aunque todo ello sea el exponente de la situación actual junto con la otra cara de la moneda, cuya cruz es la injusticia, la miseria y el hambre.
I-3.10. La responsabilidad es de nuestra manera de pensar, que hace florecer la codicia y la insolidaridad que todos albergamos. Porque la codicia no habita sólo en el corazón de los colonizadores y los mercaderes; la alberga también el corazón de los explotados y los engañados.
I-3.11. Por eso, si no tomamos la iniciativa, o no apoyamos a los que ya la han tomado, nos perderemos de nuevo en los callejones sin salida de esas disquisiciones mentales que son el producto de nuestro espíritu excesivamente intelectualizado y deshumanizado; y así dejaremos pasar la oportunidad de esta mutación histórica en el planeta, el paso de la historia a la metahistoria, en la que se resuelvan todas las contradicciones con las que se construye la historia patriarcal.
I-3.12. Para insistir en la necesidad de otros caminos, quiero detenerme en lo que sucede con el voto ecologista, mínimo, prácticamente inexistente a la hora de la verdad. Si los ecologistas esperan a tomar el poder, estamos aviados. Hay que actuar no desde el poder sino desde la constatación de "no poder más", para contribuir a esta mutación que suscita la necesidad de un replanteamiento ecológico de la vida en nuestro planeta.
4) El bien común, el único bien.
I-4.1. En el siglo III, Nagarjuna, un filósofo indio budista, fundador de la escuela de pensamiento llamada “el camino medio”, que se aleja tanto del eternalismo idealista como del nihilismo materialista, sintetizó en una frase la originalidad milenaria del pensamiento ecuánime, de esa visión justa, herencia de nuestros más nobles antepasados, que nos permite escapar de las contradicciones que nos asolan hoy y alcanzar -incluso- la plenitud humana, solidaria y universal: “No hay ningún fenómeno -dijo- que no sea producido por múltiples causas interdependientes. Así pues, no hay ningún fenómeno –incluido el “yo”, sea humano o divino– que tenga existencia propia”.
I-4.2. Este pensamiento justo, tan alejado del cartesianismo que rige aún nuestras vidas y nuestras sociedades competitivas, pone de manifiesto el punto débil sobre el que apoyamos la palanca tecnológica con la que pretendemos levantar el mundo a los cielos, a la manera de la Torre de Babel. Porque una economía cerrada, tal como es nuestra antropoeconomía, basada en el principio erróneo de anteponer nuestro beneficio al de los demás, como si realmente fuésemos independientes y no interdependientes, es una economía ilógica y salvaje, abocada al fracaso más estrepitoso. Sencillamente, porque lo uno no existe fuera de lo múltiple.
I-4.3. Debemos tener muy claro que el beneficio individual y el colectivo son inseparables, como lo son el “ser” y el “no ser”. Esto nos lo explican oportunamente la lógica y la psicología budistas, que no son propiedad de Oriente u Occidente, sino que constituyen el elemento de la visión integradora, universal, del hombre y de la mujer nuevos, del ser consciente, siempre jóvenes, libres de los extremos dialécticos del pensamiento dual que conduce al gregarismo y a la superstición...
I-4.4. ...que eleva a rango de ley la barbaridad de que los seres humanos se vean obligados a luchar entre si para conquistar una cantidad suficiente de alimentos y confort que asegure su supervivencia, en detrimento de los más débiles.
I-4.5. Solamente un error tan básico, un pensamiento dual tan miserable y perturbador, puede hacer que nos durmamos mientras tres cuartas partes de la humanidad, y con ellas la flora y fauna del mundo, mueren por falta de energía y concierto; la que le sustrae la cuarta parte restante, que se muere de las consecuencias nefastas del exceso de energía: contaminación medioambiental, producción y consumo en cadena, estrés, infartos, abortos, accidentes de circulación, “chernobiles” e intoxicaciones de todo orden, físicas y mentales.
I-4.6. Ésta es la cara del pensamiento disminuido, insolidario y provinciano o gregario, que renuncia a la aventura del conocimiento porque rechaza la posibilidad de ver más allá de su pequeño “yo”, de su “yo pienso” con el que se afirma en su ignorancia familiar, esta ilusión infantil que prescinde del fundamento epistemológico de la sabiduría, fuente de felicidad, que es el amor a la verdad por encima de todas las cosas, el yo trascendido.
I-4.7. Como decía un sabio contemporáneo, Lama Yeshe: "Trabajar simplemente para satisfacer las necesidades y bienestar mundano del pequeño “yo” es la ocupación de las gallinas y de las hormigas, que pasan la mayor parte del tiempo buscando y consumiendo comida y agua. Nuestra inteligencia humana debería ir más allá, y alcanzar, al menos, una comprensión más profunda que la de las gallinas".
I-4.8. Es evidente que si vivimos como gallinas, no solucionaremos nada, y esto irá de mal en peor, y acabaremos como las gallinas en esas granjas de martirio que ya no tienen nada que ver con aquellos gallineros idílicos que se pierden en el recuerdo.
I-4.9. La pérdida del símbolo divino de la vida, es decir, la pérdida de su significado más noble, precipita la caída del ser humano. Y la pérdida del ser humano, a su vez, precipita la de las especies. La vida es interdependiente, y de ahí la responsabilidad del ser humano, personificación de la vida consciente.
I-4.10. La gradual pérdida de conciencia, provocada por la desacralización de la vida, tiene consecuencias tan desastrosas como la contaminación de los océanos y la polución, que no son sino la manifestación del deterioro de nuestra noosfera biológica, cultural y espiritual.
I-4.11. No nos limitemos pues a una ecología ambiental o política, al reciclaje energético, al crecimiento cero propuesto por el Club de Roma y a la redistribución de los recursos con un mínimo de equidad.
I-4.12. Una economía ecológica, es decir, abierta, no será posible mientras la mente humana continúe cerrada por la codicia nuestra de cada día, mientras no potenciemos una ecología interior y social, transpersonal, capaz de contagiar a la humanidad con el que ha de ser el lema de la revolución biocultural, es decir, ecológica, del siglo XXI: “EL BIEN PROPIO Y EL AJENO SON ABSOLUTAMENTE INSEPARABLES”.
I-5. La aventura de la sabiduría
I-5.1. Para lograr una ecología creativa, capaz de orientar a la mente humana en el sentido de esta fascinante aventura, es necesario rescatar a la juventud de los paradigmas patriarcales, fuente de la polución informativa del amor propio, la delincuencia, la competividad, el gregarismo y todas las dependencias a las que la somete el mercado de valores...
I-5.2. ...la educación no es privar sino dar claridad frente a lo que se nos avecina, y observar la circunstancia del ser humano en este cruce de caminos en el que se encuentra, entre la ciencia y la política, entre la verdad de las cosas como son y la teología de las cosas petrificada por las iglesias del sistema patriarcal, sean religiosas o humanistas, teístas o no teístas, tanto en lo político como en lo moral, en lo material como en lo espiritual. La senilidad del sistema nos condiciona. Si no levantamos la mirada a tiempo nos estrellaremos colectivamente.
I- 5.3. La educación ecológica, el desarrollo del espíritu de solidaridad universal, es cosa de todos; y también lo es el cultivo de esa conciencia global a través de los medios de comunicación y la promoción social de una cultura comprometida con el sentido trascendental de la actividad cotidiana, tanto en el trabajo como en el ocio.
I- 5.4. El ser humano es un agente mutante, biocultural, cuya plena realización determinará el establecimiento del homo sapiens sapiens en nuestro planeta. La sabiduría no es un producto económico al uso. Al contrario, retrocede a medida que se exalta el éxito personal y se valora la cosa económica desde la perspectiva del lucro.
I-5.5. Para mejorar la imagen de un rostro en el espejo no hay que retocar el espejo, sino el rostro. De la misma manera, no habrá transformación positiva del mundo, “ecología exterior”, sin “ecología interior”, sin la transformación y cultivo de la mente que permita surgir la conciencia divina de la vida, la más bella y apasionante historia que puede vivir el ser humano, al lado de la cual la sublimación del músculo y la ostentación objetual resultan absurdas, ridículas, directamente estúpidas.
I-6. Un complejo mortal
I-6.1. El voto ecológico no prosperará mientras vivamos bajo el paradigma de lo cuantitativo, que valora al ser humano por la cantidad de basura que es capaz de producir. Somos nosotros mismos, los consumidores de la vida cotidiana, los que exigimos una permanente política de expansión económica, es decir, de explotación de los más débiles y de productividad basada en la extracción feroz de los recursos naturales, humanos y minerales.
I-6.2. Somos nosotros mismos, los ciudadanos de a pie, los que condicionamos a nuestros dirigentes políticos y no a la inversa. No condenemos pues a la tecnología, ni a los tecnócratas, ni a los políticos, ni a los financieros, ni a la gente guapa, ni a la fea. No va por ahí la cosa. O sí, va por ahí, mostrándonos en la apariencia de cada día todos estos íconos del estado actual en el que nos encontramos tropezando con la senilidad del patriarcado que ha perdido su poder tradicional, el poder de conocer.
I-6.3. Simplemente hay que mirar hacia adelante y encarnar la liberación del eterno pasado. Despertar de este sueño mortal del que se alimentan los cuervos y los cerdos de la historia, que lo tragan todo, hasta que revientan en los infiernos. Por esto es tan necesaria la memoria histórica. No es asunto de reclamar, sino de hacer, de hacer otro mundo más feliz que el "mundo feliz" de Huxley.
I-6.4. El obstáculo, lo que sucede, es que no nos atrevemos o no queremos contemplar un horizonte más elevado que el de las gallinas que se atarean única y exclusivamente en procurar su propia satisfacción. El amor propio y gregario, que está tan de moda exaltar en terapias profanas, deportivo–competitivas y militares, es el enemigo público número uno. Resulta sintomático que el mejor antídoto, tanto contra los complejos de superioridad y megalomanía, como contra la depresión y la desvalorización del “yo”, sea precisamente cultivar la visión del “no–yo”, propio y ajeno, que nos libera de esos complejos y excesos de personalidad que nos impiden entregarnos al amor altruista, fuente de felicidad, y cultivarlo.
I-6.5. Todos padecemos esta enfermedad de la ignorancia que amenaza con la autodestrucción de la humanidad. Todos deseamos el bien propio por encima de todas las cosas. Nuestra relación con el universo está cegada por esta obsesión que preside todos nuestros pensamientos, palabras y acciones.
I-6.6. El súper-ego, el egoísmo instintivo, que fue útil en el proceso infantil del ser humano ha dejado de serlo para dar el próximo paso biocultural, ahora consciente, en la escala evolutiva del continuo mental que cubre todas las etapas de la vida, filogenética y ontogenéticamente, hasta dar a luz, en mayor o menor medida, a la mente que, libre de miedo y egoísmo, percibe la virtualidad de todo lo que experimenta. Asume la vida virtual, mágica, que nos descubren las nuevas tecnologías cibernéticas y su comunión con la mente despierta, capaz de discernir entre las causas de felicidad y las del sufrimiento más allá de las pasiones que suscita el tomar como real lo que no lo es.
I-6.7. Pero, hemos de admitir que aún, hoy por hoy, nos relacionamos con nuestro entorno afectivo y económico con el único afán de autosatisfacernos. Como contrapartida, siempre tenemos presente la posibilidad de ser engañados. El sentido del bien propio prevalece siempre y frustra cualquier intento de trascender más allá de esa obsesión histórica.
I-6.8. El amor propio es nuestro delito original. El miedo, nuestro verdugo.
I-6.9. A causa de esta obsesión egocéntrica que nos impide abrirnos, los velos nacidos de la ilusión del "yo" oscurecen nuestro espíritu y, con él, al mundo entero. Estamos sumidos en las tinieblas que nos impiden ver el paraíso. Con las tenebrosas nociones de amigo y enemigo, de próximo y lejano, desarrollamos el gregarismo, el apego, la aversión; y acumulamos como un auténtico tesoro ancestral y patriótico la memoria de las emociones perturbadoras con las que hemos contaminado la vida entera. La memoria histórica no requiere confrontación sino simple constatación de los pasos perdidos en busca de una salida, libre del virus del egoísmo que todo lo estropea.
I-6.10. El resultado de esta actitud interior, refrendada por la historia, es que los humanos somos los animales más crueles y depredadores, los más “inteligentes” que hay sobre el planeta, y nos infligimos los unos a los otros toda clase de sufrimientos y humillaciones irracionales, aunque más propio sería decir que estos males son específicamente “racionales”, causados por excesos de razón.
I-6.11. Vivimos, por esa razón, prisioneros del miedo, la culpa y la desconfianza, incapaces de crear por nosotros mismos las condiciones y circunstancias favorables para la felicidad.
I-7.1. La panacea del homo sapiens-sapiens es abrir el espíritu, permitir que los velos nacidos del yo se disuelvan en la inmensidad del no-yo. Para cambiar la historia de esta Torre de Babel que se nos cae encima debemos cambiar radicalmente nuestra actitud interior. El secreto de la felicidad está en amar al prójimo, al menos tanto como a nosotros mismos. Es éste un mandamiento de felicidad y sabiduría, es decir, la medicina, la panacea para todos nuestros males.
I-7.2. Desear el bien de los demás no significa imponerles nuestras ideas acerca de lo que es bueno. La experiencia histórica nos enseña, desgraciadamente, que se cometen infamias y genocidios en nombre de ese deseo. Es necesario cambiar de mentalidad. Querer el bien de los demás significa estar dispuestos a convertirnos en sus servidores, en servidores de nuestra madre, de nuestro amigo y de nuestro enemigo; a tratar a todos los seres con ternura, porque todos aspiran a la misma felicidad suprema que nosotros, aunque sus carencias les impidan reconocerlo.
I-7.3. Les queremos felices y libres de todo sufrimiento, cultivando las causas para el logro de la ecuanimidad, libres de los extremos del apego y la aversión. Sin esto, no hay libertad posible ni gozo perdurable, y la obtención del sentido último de la vida se hace imposible, utópica, en el sentido peyorativo del término.
I-7.4. No se trata pues de convertir a los otros, sino de convertirnos nosotros, de cambiar de actitud en la vida cotidiana, de ceder el paso y trocar la desventura del consumo por la generosa bienaventuranza que resulta de la capacidad de ayudar a los afligidos por la pobreza, la enfermedad, las guerras y los desastres ambientales, naturales o provocados, y rechazar nítidamente las causas y condiciones de la injusticia que segrega la causa y el efecto, haciendo invisible al causante de todos nuestros males. Es a través del poder de esta dichosa y gran sabiduría del altruismo como podremos liberarnos de la energía negativa con la que estamos quebrantando la vida en el planeta.
I-7.5. Es necesario realizar esta conversión, esta disposición mental, desde lo más profundo del corazón, comprendiendo la necesidad de hacer de la vida una aventura global, transpersonal, universal, que vaya más allá del mundo objetual en el que pasta nuestra ignorancia, y que es la causa de todos los venenos mentales con los que polucionamos la vida.
I-7.6. De la comprensión de la necesidad y utilidad de esta actitud surge la alegría, suprema e inconmensurable, de facilitar el camino de la vida y la felicidad a todos los seres de nuestro ecosistema, sin los que no podríamos desarrollar y gozar de la energía de la conciencia global, de la sabiduría que encontramos en nuestro corazón cuando elevamos la mirada por encima de las conveniencias y apetitos de nuestro pequeño “yo”, asumiendo de ese modo el poder, la fuerza inmensa, transformadora, superior a la de la energía atómica, de la solidaridad, el amor y la compasión, que surgen espontáneamente de esta sabiduría, los atributos por excelencia del homo sapiens sapiens, el bodhisattva, la bodhisattvi.
I-8. Ya no se puede esperar más
I-8.1. No renunciemos a esta inteligencia superior de la vida, a este viaje a la plenitud y a la felicidad. Todo es interdependiente, lo uno y lo múltiple, y por eso no podemos hacer este viaje de espaldas a los demás seres y al ecosistema que nos da vida y que es parte de nosotros mismos tanto como nosotros de él, al igual que el cuerpo y la mente. No renunciemos a despertar y a levantarnos de nuestro lecho del sufrimiento. Generemos el espíritu del homo sapiens-sapiens, del bodhisattva decimos los budistas, y conoceremos lo que es el auténtico placer de vivir intensamente, en paz y armonía con el universo entero. Para ello, debemos cultivar en nosotros, familiar y colectivamente, el deseo de que de nuestra actividad cotidiana nazca un beneficio real para todos los seres. Debemos cultivar una conciencia global que refleje nuestro conocimiento de la realidad interdependiente de todas las cosas y seres.
I-8.2.Esta es la reflexión con la que debemos contemplar, a mi juicio, el paisaje desolador producido por la historia del amor propio. La bandera del amor a los demás es la única que puede acabar con esta situación catastrófica, y dar paso a esa mutación necesaria, urgente. Porque no podemos esperar más. Sabemos que las mutaciones son algo delicado, que requieren una energía perfectamente concertada y orientada.
I-8.3. Asistir a una mutación biocultural de este orden, es asistir a un milagro. El milagro de la vida plenamente consciente.
I-8.4. Los sabios –dice Buddha Shakyamuni– son los que cumplen el beneficio de los otros, y llegan, por ello, a ser budas, seres despiertos. En otras palabras, los que cumplen el beneficio de los otros son los que alcanzan la plenitud del ser humano, y los que nos permiten, con su generosidad, seguir albergando esperanzas. Afirma un dicho sufí que si no existiese un santo o una santa anónimos, por cada mil personas, ya nos habríamos autodestruido. Son estos seres generosos los que nos entregan, si la sabemos recibir, la antorcha de la sabiduría, la solidaridad y plenitud que significan la vida humana. Estos sabios, revolucionarios y héroes, generalmente anónimos, nacen del espíritu que desea el bien de los otros por encima de todas las cosas. Ellos son el reducto, la matriz del homo sapiens-sapiens en la Tierra.
I-8.5. Por el contrario, los seres ordinarios, buscan, como los niños, su propia satisfacción y beneficio, su propia felicidad por encima de todas las cosas. Incapaces de evolucionar, de abrirse, de madurar y enriquecerse verdaderamente, quedan de hecho en no–natos, en “espíritus” seniles y enfermizos que consumen y aniquilan todo a su paso.
I-8.6. Para liberarse de los caminos del sufrimiento hay que tener una actitud opuesta a la de los seres ordinarios. Empezar por rechazar el “yo”, toda preocupación personal, toda intención y toda búsqueda egocéntrica; y orientarse completa, resueltamente, hacia los otros.
I-8.7. Si queremos que nuestra vida consciente y la de nuestros hijos despegue de esta partícula de tierra destructible hacia el cielo que lo penetra todo, liberada de los sufrimientos y humillaciones a los que la somete día a día el juego cruel, ciego y cínico, de los mercados libres y de los negocios, debemos proponer un mundo solidario, un mundo de sabios y sabias, aventureros del conocimiento que logren instaurar sobre la tierra el reino del homo sapiens-sapiens, en el que aún habrá dolor, pero sólo sufrimiento físico, ya no principalmente mental, espiritual e incluso existencial, pues sabremos cómo transformarlo, cómo proceder a la alquimia del sufrimiento convirtiéndolo en combustible de la dicha y la felicidad para todos.(De eso trata LOD-JONG, la transformación mental de la que hablaremos más adelante).
II) LA REVOLUCIÓN INTERIOR
II-1 El milagro de la vida
II-1.1. Esto requiere una mutación biocultural que, por exigencia de su propia naturaleza, debe ser consciente. La primera mutación consciente que se da en el proceso de la evolución natural.
II-1.2. Asistir a una mutación de este orden es asistir a un milagro. Pero, ¿acaso la vida no es un milagro? El hombre y la mujer “sobrerracionales”, el homo sapiens- sapiens, viven permanentemente en presencia del milagro de la vida, maravillados y felices ante el prodigio que abre la flor cerrada de nuestros corazones a medida que se rebela la sabiduría trascendental y transpersonal, con la que emerge la sabiduría del amor y la compasión, no conmiseración, y eclosiona la perspectiva de la sabiduría libre de creencias, pero maravillada por la evidencia de la armonía que surge en nuestros corazones cuando se experimenta el milagro de la vida.
II-1.3 ¿No son acaso milagros las mutaciones que hacen posible que la vida emerja de las aguas, porque se ha generado una atmósfera, un ambiente propicio, protegido por el filtro de la capa de ozono sin la que no hubiéramos podido salir de este vientre oceánico? ¿Y no es un milagro la génesis y nacimiento de un bebé que reproduce trópicamente, ontogenéticamente, todo el proceso de la vida, desde la implosión y expansión de los universos, hasta “el romper aguas” en el vientre de su madre y emerger a la superficie?
II-1.4. Pero, por desgracia, el maravilloso espectáculo de la vida que nace de cara al cielo desaparecerá de nuestro planeta si no concluimos la mutación, la instauración del homo sapiens-sapiens, flor divina que nace del encuentro del cielo y la tierra.
II-1.5. Podemos crear la atmósfera favorable que necesitamos. Podemos hacerlo a través de la energía del amor oceánico que nace del corazón y que busca la felicidad de todos los seres, del que surge la capa de ozono protector de la compasión todopoderosa, el deseo ardiente de que los seres dejen de sufrir y, sobre todo, de poner causas de más sufrimiento.
II-1.6. ¿Es esto una utopía, un imposible? No lo creo así. Tenemos un precedente diario, un asunto pendiente que todos los días reclama nuestra atención. Si no estuviésemos tan preocupados con nosotros mismos, en lugar de la prensa vendida al capital podríamos leer en el libro abierto de la vida.
II-1.7. Veamos una pequeña historia conmovedora, el relato de una necesidad: un bebé llora. Su madre lo acaricia, regulando así su metabolismo. Lo mismo hace una gata cuando lame a su gatito. La gata ronronea. La madre, además, pronuncia algunas palabras, una nana. Finalmente, la madre le canta al bebé desde lejos.
II-1.8. El niño asocia la palabra con el tacto, la caricia que regula su metabolismo, deja de llorar. El poder de la palabra que no engaña, ¡milagro!, la palabra ha sustituido al tacto. Es la energía del amor puro –del amar al otro más que a uno mismo– la que lleva a cabo esta mutación fantástica, maravillosa, que hace que el niño regule su metabolismo por medio de la palabra, pasando en ese preciso momento de la esfera del tacto a la de la palabra, de la esfera del mamífero a la del ser humano, de la prehistoria a la historia, del matriarcado al patriarcado, que lamentablemente parece empeñado en estropear esta bella historia de amor, en impedir un final feliz.
II-1.9. Todavía no hemos dado el paso hacia el final feliz. El paso que destaca al homo sapiens-sapiens del homo faber, el paso que separa a la metahistoria, a la realización plena del ser humano, de las vicisitudes brutales de la historia.
II-1.10. Lo mismo que un bebé transita del tacto a la palabra de la mano de su madre, el ser humano puede transitar de la palabra al espíritu sobrerracional de la mano de la caricia del conocimiento, la sabiduría.
II-1.11. Esto es lo que simboliza el dorje y la campana en el budismo tántrico. El Buddha primordial, el espíritu de la sabiduría que habita en el corazón de cada uno de nosotros, se simboliza con una campana – que representa el aspecto femenino, sabiduría solar del amor, en la mano izquierda– y un dorje o vajra (algo parecido al rayo de Júpiter) –aspecto masculino, método lunar de la compasión, en la mano derecha–, entrecruzados sobre el corazón.
II-1.12. Sabiduría y método, amor y compasión, ying y yang, el aspecto femenino y el masculino copulando la felicidad de la que surgen los medios hábiles de la solidaridad, constituyen la fuente de la ecuanimidad de la que surgirá esta mutación que ha de cambiar la faz de la tierra.
II-1.13. Sea como sea, si no podemos cambiar al mundo, si podemos cambiar nosotros y acceder a un mundo mejor, a un modo de existencias más satisfactorio y feliz, preámbulo de la plenitud humana y la liberación.
II-1.14. (Sobre este tema de la Revolución Real y de un Tercer Frente de Liberación Universal significado por el filiarcado ecuánime que trasciende la parcialidad del matriarcado prehistórico y el patriarcado histórico que se inicia con el neolítico. (Sobre esto en definitiva trata esta publicación abierta, totalmente libre de cualquier sentido de propiedad sea en el espacio o en el tiempo).
II-1.15. En todo caso, este milagro de la vida humana ha sido posible gracias a la energía del amor justamente personificado por la madre. El amor que trasciende al “yo”, el amor que quiere al otro m{s que a sí mismo.
II-1.16. A la compasión, al método, le corresponde ahora darle satisfacción en lugar de continuar adulterándolo con el patriarcado religioso, social y político con la que se ha escrito la historia hasta el día de hoy, y que ahora ya amenaza con sumergirnos en la infrahistoria que anuncian los antropoides maquillados, el retorno a los orígenes más oscuros. Ese es el horizonte que nos ofrece la actual cultura tecnosalvaje a la que llaman progreso en lugar de regreso a la animalidad pura y dura.
II-2. La última oportunidad
II-2.1. Querer a los demás más que a nosotros mismos es la manifestación de la energía universal que nos conduce al umbral de una nueva dimensión de la conciencia, que prosigue su viaje en pos de la plenitud, de la felicidad que no se pierde. No hay duda de que esta conciencia “sobrerracional”, realmente divina, opuesta a la conciencia vulgar que sólo mira por uno mismo, logrará alcanzar ese objetivo; y si no puede hacerlo en tierra, lo hará en otro planeta que reúna mejores condiciones, pues la verdad es que vivimos en una situación límite, sumidos en una cultura tecnosalvaje, egocéntrica, en la que las madres matan a los hijos en sus vientres. (Y no me refiero ahora a ello como un asunto moral, sino como a un fenómeno histórico que merece reflexión).
II-2.2. La mutación de la que nace el homo sapienssapiens surge precisamente de la matriz del amor y la compasión infinitos. Significa la cristalización de una nueva dimensión mental que parte del reconocimiento de que el amor de las madres es el paradigma cierto del amor universal, cuna de la sabiduría que hace de la vida algo realmente trascendental y gozoso, y no un cubo de basura en el que arrojar a nuestros hijos.
II-2.3. No hay que olvidar que hemos nacido del amor, pero no con el amor. Es algo evidente. Y también que estamos a mitad de camino. Basta mirar a nuestro alrededor. Parece que el padre, al menos de momento, ha fallado. La sabiduría de la que nace el amor abnegado, fuente de felicidad para todos, la sabiduría solar, el aspecto femenino del ser humano, ha sido reprimida y relegada por el patriarcado.
II-2.4 Es la desorientación, el declinar de la estrella de Oriente que había guiado nuestros primeros pasos, el olvido del amor que se orienta completa y resueltamente en el sentido del beneficio del otro, que se esfuerza verdaderamente por cumplir la felicidad de los demás. Es necesario volver a desarrollar esta actitud femenina, conseguir que surja espontáneamente en nosotros y vaya fortaleciéndose.
II-2.5 Sólo así lograremos que la madre y el padre que habitan en cada uno de nosotros, Oriente y Occidente, ying y yang, alumbren la nueva dimensión del ser, el “ser consciente”, motivo por el que esta vida puede considerarse realmente preciosa, inviolable y sagrada, en el sentido de que constituye la oportunidad de realizar la última y mayor mutación, la realización plena de nuestro potencial iluminado por la semilla de la sabiduría.
II-2.6. Sólo así podremos devolver a nuestras madres este amor infinito con el que nos han criado y soportado a través de tantos siglos de ingratitud infantil. De ingratitud hoy senil que amenaza con acabar con la madre Tierra que nos ha cobijado hasta ahora.
II-2.7. Si no se reconoce el sufrimiento no se puede evitar y si no hay agradecimiento, no hay felicidad auténtica, no hay sabiduría. No se trata de hacer un sacrificio, sino todo lo contrario. Se trata de liberarnos de las causas de nuestro sufrimiento y de recuperar nuestro potencial de felicidad. Se trata de volver a los brazos de nuestra madre y reconciliarnos con ella, reconocer su divinidad en lugar de continuar humillándola.
II-3.Reconocimiento del error. Nuestra gran ofrenda.
II-3.1 El camino de la libertad y de la armonía, la ley suprema del universo que procura la salud integral, el equilibrio del cuerpo y del espíritu o mente, debe informar todo movimiento ecologista que se pretenda serio. Y, para hacerlo factible, ha de empezar con la generosa ofrenda del reconocimiento de nuestro error. No permitamos que el amor propio triunfe de nuevo. Hagamos la ofrenda del reconocimiento de nuestra confusión, de nuestra fijación obsesiva en nosotros mismos y en el provecho propio, causa de la continua insatisfacción con la que castigamos a nuestro entorno, a nuestra madre.
II-3.2 Todos los obstáculos serán superados si desaparece la fijación dualista, la obsesión por uno mismo. Porque todos los miedos, todas las conceptualizaciones y todas las interferencias nacen de esta fijación que no es sino una proyección mental, un concepto que nace del espíritu ensimismado, tal como un sueño en la noche, una pesadilla que tomamos por “la realidad”.
II-3.3 Si queremos despertar de este mal sueño hemos de hacer la ofrenda de ese concepto del “yo”, de esa fijación egoísta que nos separa de lo otro, de los otros, de la vida plenamente consciente, global, de la naturaleza y de la felicidad. Hagamos la ofrenda de esa ilusión, de esa confusión de creernos separados de los otros, que es la causa de todos nuestros sufrimientos, el gran error con el que lo contaminamos todo.
II-3.4 Nada es estable. O se produce esta nueva mutación, el paso del homo faber al homo sapiens-sapiens en el orden negantrópico, o se habrá terminado la aventura humana sobre la tierra, y volveremos a caer en la noche oscura de los antropoides.
II-3.5 Esta noche es hoy la selva tecnológica, cada vez más cruel, en la que incluso las madres van a desaparecer sustituidas por los tubos de ensayo; y con las madres la posibilidad de que se realice la mutación del amor. La mutación del amor propio en amor universal, en amor a los demás.
II-3.6 La existencia humana es breve, pero preciosa, porque nos da la oportunidad de realizar esta mutación. Hay muchos seres anónimos que logran realizarla, pero no los suficientes como para salvar la vida de este planeta, de este trampolín desde el que saltar a la eternidad. Por esto, si salvamos la vida consciente en nuestro planeta, no solamente evitaremos que desaparezcan a destiempo su flora y fauna, sino que permitiremos que muchos otros seres puedan utilizar este camino de la flor de loto en su viaje hacia la felicidad que no muere.
II-3.7 Este es el único propósito de la enseñanza de Buddha, una visión no-teísta, libre de toda creencia dogmática o artículo de fe, basada en la contemplación de la interdependencia o mutua dependencia de todos los fenómenos, el yo incluido
II-3.8 Este ahí que sea exponente paradigmático de la solidaridad y del principio que debiera figurar como máxima revolucionaria en todos los tratados y sistemas económicos: EL BENEFICIO PROPIO Y EL AJENO SON INSEPARABLES.
II-3.9 Una pura observación de la realidad que nos libera de la experiencia errónea del yo y da sentido y responsabilidad a la vida de cada uno, haciéndonos artífices de nuestro futuro individual y colectivo, dando perspectiva no gregaria a la vida familiar y tribal, impulsando la aventura lúdica de la juventud a una meta superior y plenamente satisfactoria, basada en la participación activa de la solidaridad universal, hoy apuntada por las ONGs.
II-3.10 Eso de la riqueza y la acumulación individual o familiar y del lucro personal es una soberana estupidez. Hay que acabar con esa fuente de ignorancia y codicia, propia de los paletos tecnosalvajes.
II-3.11 La revolución biocultural es la única revolución real, tan necesaria como posible.
II-3.12 La revolución biocultural, en la que ya estamos inmersos aunque aún no somos conscientes de ello, abre las perspectivas de una nueva cultura universal y libre, científica y espiritual, nacida de la convergencia de Oriente y Occidente, hasta ahora considerada imposible.
II-3.13 Este nivel de comprensión, aparentemente, sólo ha sido logrado por el budismo y, quizás, en el enfoque de la nueva física y la nueva ciencia surgidas de la contemplación de la relatividad, pero no se encuentra equivalente explícito en ninguna otra filosofía, religión o teoría, a no ser con carácter meramente voluntarista aunque ciego, sin referencia a la necesaria transformación interior que todo ello implica.
II-3.14 Precisamente, la contemplación de la realidad sin tapujos que propone el budismo nos da la luz que ha de guiar nuestros pasos a la consecución de una sociedad solidaria que esté al servicio del individuo universal, sobrerracional, libre de la miopía del egocentrismo imperante en los monoteísmos antropocéntricos y los dogmas materialistas que despojan al ser humano de una posible vida trascendental, plena de significado.
II-3.15 El historiador inglés, Arnold Toynbee, llegó a predecir que “el encuentro del budismo con la civilización occidental va a constituir la revolución cultural más decisiva que ha conocido la humanidad desde el Neolítico. Por mi parte, estoy plenamente convencido de ello.
II-3.16 Pero la noche que vive actualmente la cultura humana es densa y peligrosa. Para que esta revolución de la vida ascendente sea real, hay que aunar esfuerzos y entusiasmo, más allá de los resultados inmediatos que, eso sí, pueden hacerse efectivos en el individuo que los actualiza. En este esfuerzo común por despejar las tinieblas que cubren el camino de pasos perdidos, todos hemos de colaborar, consciente y activamente.
II-4. El encuentro del budismo y de la nueva ciencia
II-4.1 El encuentro del budismo y la nueva ciencia augura un nuevo entendimiento de la realidad que conlleva el derrumbamiento de las certidumbres racionalistas de la cultura occidental, aún en boga, que pretenden un conocimiento exclusivamente objetivo, casi objetual, del universo.
II-4.2 El reconocimiento experimental de la ciencia del hecho de que la energía no formal es la que estructura formalmente la materia, significa el hito de este gran encuentro histórico. Oriente y Occidente confirman el aforismo que el mítico libro de las mutaciones, el I Ching, formuló hace m{s de tres mil años: “Llega lo blando y da forma a lo firme; lo firme se eleva y da forma a lo blando”...
II-4.3 ...Basta contemplar el curso de un río y observar cómo se abre su cauce. La revolución biocultural se abre paso pacíficamente a través de la crisis medioambiental y mental en la que nos encontramos inmersos. Constituye su salida natural que podemos tildar de sobrenatural.
II-4.4 Como he señalado, es importante recalcarlo, pues el budismo, en contra de lo que se propaga, no es un sistema religioso de creencias, sino una epistemología irrebatible, una teoría del conocimiento realmente válida que está al alcance de todos cuando más la necesitamos, que llega ahora hasta nosotros tal como la capa de ozono, que filtró los rayos ultravioleta del sol, permitió la producción del oxigeno que ha dado vida a los mares, a la tierra y a la biosfera.
II-4.5 El encuentro del viejo Oriente con el nuevo Occidente empezó a cristalizar con el descubrimiento de la teoría de la relatividad.
II-4.6 En definitiva, la muralla del mundo cartesiano – tal como la de Berlín– se derrumba, y ello nos permite acceder a la visión no dual de la realidad en la que el sol y la luna, Oriente y Occidente, espíritu y ciencia, transparentan su mismidad. Depende de cómo la miremos, la luz es un flujo de partículas o una onda. Y lo mismo sucede con todos los fenómenos “reales” que son del color del cristal con que los miramos.
II-4.7 Dado que los postulados metodológicos del budismo y los de la ciencia actual presentan similitudes evidentes, podríamos concluir que el budismo es una ciencia. Pero esto limitaría el alcance del budismo, salvo que lo viéramos como “una ciencia de las ciencias”, una teoría del conocimiento -bien experimentada y verificada- capaz de conferir definitivamente a las ciencias profanas una finalidad y un sentido universal, comprensible y verificable, tanto exterior como interiormente, al margen de las tentaciones sincretistas de un nuevo materialismo espiritual que podría abortar esta recuperación de la vida trascendental sobre nuestro planeta.
II-4.8 Los modelos clásicos se han derrumbado y en su lugar emerge algo inimaginado por la ciencia, la filosofía y las religiones monoteístas hasta el día de hoy, algo que va a variar nuestra percepción del universo y nuestra actitud ante la vida, y también ante la muerte.
II-4.9 La estrella de Oriente alumbrada por Buddha nos aporta una visión circular, global y holística de la realidad, que tiene siempre presente la totalidad no dual. Esta visión es muy similar a la que percibe la nueva física.
II-4.10 Los elementos contrarios, energía y materia, alma y cuerpo, son complementarios, es decir, necesariamente simultáneos e inseparables. La nueva física confirma hoy experimentalmente el camino medio o Madhyamaka, la doctrina Mahayana del budismo.
II-5. La nueva edad
II-5.1 El origen de todos nuestros males es cultural, y la savia de toda cultura la constituye el espíritu que la impulsa. Advirtamos que el “ser” o “no ser” que triunfa en nuestros días, con toda su parafernalia publicitaria, es el cáncer de nuestro tiempo, el gran enemigo de la humanidad. El amor propio en manos de los mercaderes que lo multiplican como los panes y los peces.
II-5.2 Debemos tener muy claro que el beneficio individual y colectivo es inseparable. Tal como nos dice la lógica budista, el “ser” y el “no ser” son inseparables. Se hace urgente una profunda reflexión cultural, una vuelta crítica al pensamiento socrático y al proceso de la información abordada desde la visión de la interdependencia y consecuente vacuidad que los científicos y los místicos budistas han abordado desde ángulos distintos, pero que coinciden en su centro cuando son reflejados por la bondad global del conocimiento profundo que surge de este nuevo mandala en el firmamento de la humanidad, en el que ciencia y espíritu van unidos.
II-5.3 Es desde este sentimiento y orientación que los teístas, no teístas y ateos, estamos haciendo lo mismo: aspirar a la felicidad, a la verdad, y desear lo mejor para nuestros hijos con el deseo de evitar las causas del sufrimiento y cultivar las del bienestar y la felicidad para todos. Y, para que esto sea posible, hay que alejarse de toda conceptualización dogmática y aceptar la ley del doble beneficio, pues el bien propio y el ajeno son inseparables.
II-5.4 La ley del doble beneficio, esta es la revelación del conocimiento poético, científico y religioso, en el que coinciden todos los sabios de corazón.
II-5.5 A los escépticos, he de decirles que todo indicio es prueba suficiente para continuar investigando en la línea que nos sugiere este nuevo conocimiento global que sintetiza el encuentro de Oriente con Occidente. Sería poco serio por nuestra parte, incluso retrógrado, no tenerlo en cuenta e insistir en la carrera tecnosalvaje que nos está arruinando como pueblo y como personas.
II-5.6 Pero quizá, una vez más, perdamos esta oportunidad que se nos brinda para solidarizarnos y participar activamente en el cultivo de la vocación universal del ser humano, sumándonos así con nuestra inercia a la energía negativa de esta parte de Occidente, pragmática y utilitarista, y definitivamente tan criminal como estúpida.
II-5.7 Por no querer reconocer este hecho patente, en el que todos estamos implicados, por acción o por omisión, presos de nuestro proverbial complejo de superioridad occidental –propio de los pueblos tecnosalvajes que arrollan todo lo que encuentran a su paso al ritmo del consumo– caemos en la arrogancia y la indiferencia que aniquila lo que no es “yo”; de ahí el estrés que provoca las enfermedades y desequilibrios propios del “desarrollo” occidental que contamina ya al resto del planeta: la esquizofrenia individual y la paranoia colectiva, clínica y política, con la que hemos devastado dos veces a Europa en menos de cincuenta años, por no decir al mundo entero, de Norte a Sur; arrojado la bomba atómica y agujereado nuestra atmósfera, mental y biofísica.
II-5.8 Por el contrario, el gesto de primar el carácter universal de la cultura por encima de todo presupuesto social, significaría la mayor transformación de la calidad de vida que haya conocido hasta ahora la humanidad.
II-5.9 Significaría una revolución biocultural, económica y social, afín a la automoción y a la informática, que beneficiaría a nuestro ecosistema y a nuestros hijos e hijas con la conciencia de la plenitud humana, solidaria y universal.
II-5.10 Pero, tengámoslo claro, no puede haber auténtica revolución exterior sin revolución interior, es decir, sin ideales, sin los ideales del despertar efectivo de la inteligencia que contempla los beneficios de la felicidad para todos, lo que en el lenguaje budista se denomina bodhichitta. De otro modo, la revolución seria sólo aparente y no serviría más que para satisfacer los estómagos insaciables, físicos y mentales, de los unos en detrimento de los otros.
II-5.11 Estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo ser humano que deja atrás los rudimentos del patriarcado, un ser que se diferencia de los hombre racionales tanto como estos se diferenciaron progresivamente de los animales irracionales. Una nueva edad del ser humano que trasciende su animalidad, cuya aventuras real es la del conocimiento y no ya la mera subsistencia. Nos sobran medios materiales para ello. Sólo falta la voluntad política de dar este salto mutacional que abre paso a una nueva especie de seres, fundamentalmente solidarios y lúdicos.
II-5.12 Por eso, esta es una revolución biocultural, una revolución global del ser humano, interior y exterior, una revolución real que empieza por la transformación de uno mismo, como se plantea en los ejercicios mentales de Lod-jong, la transformación interior propuesta por los seres despiertos para poder iniciar este viaje, este despegue del lecho del sufrimiento al que nos condenan los sistemas patriarcales que nos roban incluso el futuro, clavándonos con los alfileres de los mercados libres en el álbum de la ignominia de la productividad tecnosalvaje.
II-5.13 Esta es la aventura maravillosa para la que hemos nacido. Este es el signo de nuestro tiempo: el nacimiento de un nuevo ser, libre y solidario, capaz de hacer de la vida una aventura realmente trascendental, más allá de las limitaciones materialistas.
II-5.14 Hemos de dejar de identificarnos con los animales más o menos racionales. Un recién nacido humano es superior a un tiburón adulto. Así, aunque aún débiles, nos hemos de reconocer nosotros mismos, hijos de la sabiduría, el amor y la compasión, cualidades espontáneas propias de nuestra naturaleza despierta que ha inspirado la vida oculta hasta el día de hoy, que nos ha sido trasmitida a través de los milenios por medio de lo que podríamos denominar filosofía perennis o tradición espiritual, no necesariamente religiosa, vehículo del aliento de felicidad auténtica que siempre ha llenado de esperanza la vida der los seres humanos, y la de todos los seres animados, pues todos buscan por igual la felicidad o el bien estar, también los gusanos. Prueba de que siempre ha estado sensiblemente presente a lo largo de toda la evolución
II-6. La inspiración de la sabiduría que nos hace libres:
II-6.1 Esto es lo que he aprendido de mis maestros, y lo repetiré insaciablemente en contra de los intereses creados por la codicia humana sistematizada y justificada por el materialismo espiritual y el histórico, entre los que nos han emparedado.
II-6.2 Hemos de derribar estos muros de la ignorancia imperante. Y, para ello, que nadie lo dude, hemos de empezar por nosotros mismos, hemos de empezar por levantar la mirada más allá de nuestro ombligo.
II-6.3 No es necesario ser profeta para percibir con claridad que caminamos hacia un final trágico. Pero esto podría cambiarse, podríamos situarnos en un nuevo punto de partida feliz si escuchásemos la voz de los sabios y analizásemos seriamente su mensaje, en lugar de tildarlos de exóticos.
II-6.4 Señala S.S. el Dalai Lama en el texto titulado: Aproximación humana a la paz del mundo; “De alguna manera, el progreso y desarrollo de nuestras sociedades sigue un camino erróneo. Si no lo atajamos a tiempo las consecuencias para el futuro de la humanidad van a ser desastrosas. No me pronuncio en absoluto en contra de la ciencia y de la tecnología; su contribución a la experiencia global del género humano ha sido considerable. Pero si le damos una importancia excesiva, desproporcionada, nos arriesgamos a perder contacto con esos aspectos del conocimiento y la comprensión humana que se orientan hacia la honestidad y el altruismo. Aun siendo capaces de crear una comodidad material inconmensurable, la ciencia y la tecnología no pueden reemplazar los valores espirituales y humanitarios”.
II-6.5 Es necesario, pues, buscar un equilibrio entre el desarrollo material y los valores espirituales y humanos. Y esta importante transformación sólo será posible si revitalizamos los valores humanos.
II-6.6 Este es el propósito de los ejercicios de transformación mental -Lod-Jong-, punto de partida para esta revolución transpersonal que afecta tanto al continente como al contenido que le da forma, tanto a la sociedad como al individuo que la inspira.
II-6.7 He señalado ya que el encuentro de la cultura occidental - y su espectacular desarrollo material- con el budismo, va a propiciar la revolución biocultural más grande acaecida desde el neolítico, supongo que apoyados en la actual revolución tecnológica, especialmente de los medios de comunicación, la informática, la cibernética y la física cuántica.
II-6.8 Los ecologistas, los ateos, los humanistas, los científicos, los filósofos, los políticos y todos los que enarbolen la bandera de la inseparabilidad de lo uno y lo múltiple, que proclama que el bien propio y el ajeno son inseparables, que priman al bien común como paradigma de la dignidad humana, encontrarán en la enseñanza budista una orientación global, libre de dogmas y creencias, basada en la observación verificable de la realidad, que nos libera de los complejos egoicos que hoy masacran el mundo y limitan nuestra sensibilidad, percepciones e inteligencia.
II-6.9 Llevar a cabo este cambio radical de la vida que se pierde en vida que se gana, en vida plenamente consciente, es labor de todos. Viejos y jóvenes, ricos y pobres, todos estamos al borde del abismo. Lo que hoy cultivemos será lo que mañana o en la próxima vida recogeremos. No hay escapatoria.
II-6.10 El individuo es el universo de la sociedad, y no viceversa.
II-6.11 La sociedad, es la matriz que se organiza para darle satisfacción vital y trascendental, responsabilidad y libertad, no para aborregarlo y convertirlo en un animal de trabajo.
II-6.12 Hay que romper el sistema para que la nueva especie humana de seres sobrerracionales pueda reinar en la tierra y dar lugar al homo sapiens-sapiens, al bodhisattva que, como se apunta en el Sutra del Diamante, ha de ser resuelto en sus actitudes y decidido a liberar a todos. Esto supone una revolución interior, una mutación consciente -la primera que se da en la escala evolutiva- que se realiza por medio de las técnicas de transformación mental que rompen los moldes de la ignorancia egocéntrica que justifica el egoísmo y la codicia, la frustración y el engaño, la crueldad y la injusticia que asolan al mundo nuestro de cada día al tomar como modelo social, económico y político, las pautas que rigen al reino animal, demasiado estrechas y estúpidas para el nuevo ser humano, siempre joven, que se anuncia ya entre nosotros.
Hemos de derribar estos muros de la ignorancia imperante. Y, para ello, que nadie lo dude, hemos de empezar por nosotros mismos, hemos de empezar por levantar la mirada más allá de nuestro ombligo.
II-6.13 No podemos cambiar al mundo en un santiamén, pero si podemos cambiar nosotros con el propósito de crear un nuevo mundo que favorezca la plenitud del ser humano que lo trasciende. Es una aventura, quizás a largo plazo, pero de efectos inmediatos en quién la asume vitalmente.
7) Ciencia, Espíritu y Revolución
II-7.1 No existen sociedades libres ahí donde no se encuentren individuos que puedan ejercer el libre albedrío. Cuando la sociedad se vuelve obsoleta, se pierde la libertad y responsabilidad que la trasciende.
II-7.2 Esta interdependencia individuo-sociedad, de lo uno y de lo múltiple, expresa la cualidad suprema, original, del ser universal: su naturaleza no dual, tal como los distintos rayos del sol que se perciben múltiples aunque permanezcan indiferenciados, expansión difusa de la luz y del calor solar.
II-7.3 Cuando la percepción cualitativa de la ciencia griega original cede su lugar a una descripción cuantitativa de los fenómenos, nace la ciencia moderna marcada por su antagonismo con la iglesia que -no hay nada más cercano que dos enemigos- le inocula su obsesión por lo uno y el protagonismo de lo singular, ajeno a la interdependencia universal que todo lo iguala, y se produce ese vuelco histórico por el que el hombre universal que apuntaba la antigüedad cede su lugar al hombre social, residual, intrascendente de la actualidad.
II-7.4 Pasamos del idealismo eternalista al nihilismo del que nace el materialismo histórico y el pragmatismo profano. Ambos extremos, el idealismo eternalista y el nihilismo, han esclavizado a la humanidad con su dogmatismo. La ley del péndulo se convirtió en una guadaña mortal, fuente de innumerables sufrimientos para la humanidad. A salvo de esta dualidad quedan algunos profetas y sabios de la antigüedad, como Jesucristo o Sócrates, y los que han seguido su ejemplo ofreciendo su vida al servicio de los demás, sin torturar ni matar a nadie, masacrar ni apropiarse de los bienes ajenos. Pero, por su parte, sus sucesores institucionales, erigidos en iglesia, los pueblos elegidos y los detentores de la verdad única, hayan sido de la tradición monoteísta o materialista que sea, han sido una plaga para la humanidad, y siguen siendo una maldición, fuente histórica de los integrismos genocidas, la mayor plaga bíblica que ha sufrido la humanidad a través de todos los tiempos presentes.
II-7.5 La cultura de Occidente, que surge de esta lucha estéril entre el ser y el no-‐‑ser, entre el dogmatismo religioso y el materialista, puede considerarse, en muchos aspectos, una cultura residual, acabada.
II-7.6 El desencanto por los ideales por los que han muerto heroicamente millones de seres es patente. Ya no se cree que los cambios radicales sean posibles. En realidad, ya no se cree en nada que no sea lo inmediato.
II-7.7 Quizás, Dios inexistente ha muerto o no, pero lo que es seguro que ha muerto son los ideales, el espejo divino de la humanidad.
II-7.8 La cualidad ha sido definitivamente sustituida por la cantidad. Expresiones como "sociedad de la abundancia o del consumo", lo corroboran. Es el resultado de quererlo acumular y medir todo. Y cuando el espíritu dogmático, sea religioso o profano, se decanta por lo tópico en detrimento de lo utópico, y lo individual es aplastado por lo colectivo, ignorando los derechos universales del individuo, y paradójicamente, el beneficio propio, gregario o privado, se encumbra en los altares, y la libertad, la iniciativa y los derechos humanos son vilmente pisoteados por los asuntos espurios, organizativos, económicos y suntuarios. La tradición perenne, vehículo del puro anhelo de felicidad con el que nacemos todos los seres, es humillada desde la misma cuna por el patriarcado histórico, y perdemos contacto con el alma de la vida, con el punto de referencia que evita el caos.
II-7.9 El materialismo galopante, religioso y social, que lo impregna todo, significa el triunfo de la ratio, de la medida enajenada de su relatividad, el imperio de la cantidad que da lugar al progreso de lo múltiple, a la república de los mercaderes sin alma o anónimos - es lo mismo - que hay que expulsar del templo de la vida. Es la dispersión, la huida hacia delante en nombre de la inmediatez, el realismo de la anti-utopía que nos ha llevado a confundir la vida con la bolsa de la compra.
II-7.10 El estado del mundo, desde la perspectiva mental, es lamentable. Se busca la felicidad en lo efímero, se vive para abrirse paso en el mundo, este es el consejo de nuestros padres, y no a través del mundo, como nos sugieren las tradiciones espirituales desvirtuadas, desgraciadamente, por las mismas organizaciones religiosas que las detentan oficialmente, sean del sistema de creencias que sea.
II-7.11 Nuestra cultura, es decir, nuestra vida, ya no es trascendental. Mirando el paisaje que nos rodea, vista la humillación del ser humano, la violación de su soledad exacerbada por la polución informativa de todos los deseos, la desigualdad y la explotación múltiples, parece cierto aquello de que "Dios ha muerto" pero Dios no puede morir sencillamente porque no existe y nunca ha existido, pero es lamentable que un símbolo de lo bueno, de los ideales de justicia e igualdad, se haya convertido en su reverso, en una espada de dos filos que corta cabezas a diestro y siniestro y, a la postre, en una expresión de la decadencia humana que delega la responsabilidad de su evolución en manos de terceros inexistentes o usurpadores vitalicios de los mismos.
II-7.12 Este cruce de cables, que ha llegado a afirmar con justicia que "la religión es el opio del pueblo", se vuelve ahora contra nosotros como un boomerang. Destruimos o desnaturalizamos la religión sin comprender que este hilo simbólico que une el cielo con la tierra, pese a sus perversiones históricas netamente reaccionarias, constituye el cordón umbilical de la vida consciente pues nos da noticia de su trascendencia, siquiera para las generaciones que nos siguen.
II-7.13 Perder de vista el hilo de ese mensaje vital de la tradición religiosa no eclesial por medio de la que trasciende la luz de la conciencia que ilumina lo que somos y lo que hacemos aquí, nos convierte en esas estrellas fugaces que siguen alumbrando aunque están muertas. Somos los habitantes de una estrella que se cae del cielo en la medida en la que profanamos la vida de la tierra y afirmamos esta nueva especie mortal: el homo tecnosalvaje, el héroe indiscutible de nuestras pantallas.
II-7.14 Aunque en otro contexto y sentido, un filósofo actual apunta que "asi como el concepto de Dios fue desapareciendo en el siglo pasado de los libros de filosofía, desde hace unos años ha dejado de aparecer el de hombre". Y es así, pues parodiando por pasiva, podemos decir que el mal propio y el ajeno son inseparables. La pérdida del símbolo divino de la vida, esto es, de la conciencia despierta, precipita la pérdida de la humanidad, y la pérdida de la humanidad, a su vez, precipita la de las especies. La vida es interdependiente, y de ahí la responsabilidad del ser humano, personificación de la vida consciente.
II-7.15 Decíamos que de nuestra gradual pérdida de conciencia, provocada por la desacralización de la vida llamado "progreso", derivan consecuencias desastrosas como la progresiva contaminación de los océanos y los constantes desarreglos atmosféricos, que son la manifestación del deterioro de nuestra biosfera y de nuestra "noosfera" -cultural y espiritual-
II-7.16 Cuando en una civilización se instaura el materialismo espiritual, el culto a la apariencia entierra la cultura religiosa o la induce a separarse de su fuente original: la tradición, de la que las iglesias del poder han usurpado el nombre. Acaso, ¿ alguien puede imaginar a Jesucristo colocando en el podio de las torturas a quien piense diferente u otorgando bulas a los reyes de Portugal y España incitándoles a apoderarse de la vida y los bienes de los infieles, expulsarlos de sus casas y apropiarse de sus haciendas a sangre y fuego, y a esclavizarlos y abusar de sus mujeres e hijos?. Los que hablan en nombre de Cristo haciendo exactamente lo contrario de su voluntad, sin lugar a dudas, son el anticristo. Esto da lugar a la deformación y a la segmentación de la religión, y provoca la aparición de las sectas residuales, llamadas iglesias. Y ¿no ha sucedido lo mismo con el islamismo y el judaísmo? Las tradiciones monoteístas son todas portadoras del cáncer de un yo visceralmente egocéntrico y elitista.
II-7.17 Por esto, ni el poder político ni el religioso van a secundar esta revolución necesaria que procura la aplicación social de la visión búdica y la científica, aliadas en contra de las cruzadas y los sectarismos dogmáticos.
II-7.18 La revolución real ha de partir de nuestra convicción de no poder ya aguantar más. El tiempo del patriarcado llega a su fin. Son tiempos de liberación y de asunción de nuestra capacidad de felicidad, fuente de todos los poderes con los que acabar con el sufrimiento y la ignorancia nuestra de cada día.
II-7.19 Lo ha dicho Buddha en el Kamala Sutra : " No pongas tu fe en tradiciones, aunque hayan sido aceptadas por muchas generaciones y en muchos países. No creas en algo porque muchos lo repitan. No aceptes algo basándote en la autoridad de uno u otro de los sabios antiguos, ni en las aseveraciones que se encuentran en los libros. No creas nada porque las probabilidades estén a tu favor. No creas en nada que hayas imaginado pensando que un dios te ha inspirado a ello. No creas en nada basándote en la autoridad de maestros o sacerdotes. Después de haberlo examinado, cree en lo que has comprobado por ti mismo, encuentras razonable y está en conformidad con tu bienestar y el de los demás".
II-7.20 Este es nuestro punto de partida. El encuentro con nosotros mismos. No todo está por hacer. La revolución real y necesaria parte de la crisis global a la que hemos llegado naturalmente como punta de lanza de esta evolución biocultural que ahora ha de dar un nuevo salto adelante, una mutación consciente.
II-7.21 No hay solución de continuidad. Resistirse al cambio es cultivar el sufrimiento. Resignarse es padecerlo.
II-7.22 La gente del primer mundo se hace cada día más grosera y ruidosa, prepotente e insensible. No es que yo vea al mundo con malos ojos, es que el mundo hace llorar. Siempre ha sido un valle de lágrimas, pero ahora, cada vez más, se convierte en un matadero gestionado por los que roban la vida y el pan a los demás. Ya sé que esto suena a exagerado y terriblemente pesimista, pero la realidad de miles de millones de personas es peor que eso. Los medios de comunicación lo ocultan al desviar la atención hacia los asuntos domésticos más baladíes. Si no se establece la solidaridad como paradigma de la vida humana, a esta no le queda ya más que regresar a la animalidad pervertida por la inteligencia biomecánica del hombre tecnosalvaje que considera las corridas de toros y la especulación financiera de los listillos como un bien cultural.
II-7.23 Este del ʺyo" es el punto crucial de la encrucijada en la que nos encontramos los seres humanos y, potencialmente, todos los demás seres que pueblan el espacio multidimensional, cuyas densidades mentales corresponden al medio ambiente de cada especie, carácter e individuo. El ser humano se caracteriza, teóricamente, porque asume la coordenada de la verticalidad en cuerpo y alma. Sin embargo, a causa de la densidad psicofísica generada por su ignorancia egoísta y sus emociones perturbadoras puede vivir una situación asfixiante al modo de los espíritus ávidos o en una paranoia de persecuciones y acoso similares a las que sufren muchos animales. En ambos casos, entre otros muchos, sean ilusorios o reales, pierde la verticalidad. Puede incluso llegar a arrastrase como un reptil o transformarse en un genio maligno.
II-7.24 La verticalidad espiritual es la que induce a la mente a viajar por esta escalera evolutiva buscando siempre la salida por lo más alto, teleguiándonos como un periscopio al submarino. Potencialmente, todos poseemos esta verticalidad en la que, a medida que va subiendo el continuo mental, trascendiendo de lo más denso y burdo a lo más sutil, éste se clarifica cada vez más, alumbrando gradualmente la facultad del discernimiento liberador. Esta es la evolución búdica.
II-7.25 Como señala Shantideva (s.VIII). Al igual que un relámpago resplandece durante un instante en la negra oscuridad de la noche nublada, de la misma manera en este mundo, muy de vez en cuando, se manifiesta por el poder de Buddha -nuestra naturaleza despierta- "un instante de clara inteligencia".
II-7.26 Confiemos en que esto suceda así para todos. Depende de nosotros mismos, pues es por ahí que hemos de empezar, por nuestra propia transformación en agentes de la mutación consciente de la que nacen los seres nobles para volar más allá de esta crisálida aparentemente caótica que, sin embargo, nos ofrece la presente oportunidad de realizar un precioso nacimiento humano, significativo y trascendental.
II-7.27 Hace dieciséis siglos, Subhuti le preguntó al Buddha: Honrado-por-todo-el-mundo ¿habrá siempre gente que comprendan esta enseñanza? / Subhuti ¡nunca lo dudes! Siempre habrá bodhisattvas virtuosos y sabios; y en los eones que vienen, estos bodhisattvas echarán sus raíces de virtud bajo muchos árboles bodhi. Recibirán esta enseñanza y responderán con fe serena, pues siempre habrá budas que les inspiren. / El Tathagata los verá y reconocerá con su ojo búdico (despierto), ya que en estos bodhisattvas no habrá obstrucciones, ni percepción de un yo individual, ni percepción de un ser separado, ni percepción de un alma, ni percepción de una persona. Y estos bodhisattvas no considerarán las cosas como si fueran contenedores de cualidades intrínsecas, ni como si estuvieran desprovistas de cualidades intrínsecas. Tampoco discriminarán entre el bien y el mal. La discriminación entre conducta virtuosa y no virtuosa debe de utilizarse al igual que una balsa. Una vez que lleva a uno que cruza la corriente a la otra orilla se abandona . . . / Subhuti, aunque en este mundo ha habido millones y millones de budas, todos merecedores de gran mérito, el mérito más grande de todos le corresponderá al hombre o mujer que, al final de esta época búdica, en el último período de quinientos años, reciba este discurso, lo considere, ponga su fe en él, y entonces se lo explique a otro, salvando así nuestra buena doctrina del colapso final."
II-7.28 En cuanto a la posible dignidad de la vida humana, estamos al borde de este colapso final. Y, aunque veamos que el mundo temporal del ego es como una estrella fugaz o Venus eclipsada al alba, una burbuja en una corriente, un sueño, o la llama de una vela que chisporrotea y se extingue, el sufrimiento que genera la ignorancia de nuestra naturaleza y condición es digno de toda la compasión y ternura con la que una madre acuna a su hijo enfermo afanándose todo lo que puede para liberarlo de tanto sufrimiento.
II-7.29 Esta, del amor altruista y la compasión irrefrenable, es la fuerza que ha de propagar la revolución trascendental en la que estamos empeñados desde el sin principio del los tiempos aquellos que tomamos conciencia de la ilusoriedad, del simple pero persistente error mental que está a punto de apagar la conciencia sobrerracional en el planeta tierra, la cuna del despertar a la vida consciente, libre y responsable, definitivamente solidaria.
II-7.30 El que, ahora, se hayan encontrado o estén en trance de encontrarse la epistemología búdica y la nueva ciencia, es el signo de los tiempos que vienen, es lo que hace realmente posible las caída de las mastodónticas murallas patriarcales y la germinación de la revolución biocultural que cambiará la faz de la humanidad, el paño de lágrimas por la bandera blanca de la solidaridad universal.
II-7.31 Como ha señalado Aldous Huxley en 'Nueva visita a un Mundo Feliz': "Aunque todos desean la paz y la libertad, son muy pocos los que tienen gran entusiasmo por las ideas, sentimientos y actos que hacen factibles estos ideales. Por el contrario, casi nadie quiere la guerra o la tiranía, pero son muchos los que hallan un placer intenso en las ideas, sentimientos y actos que llevan a estas calamidades... La educación para la libertad debe comenzar exponiendo hechos y anunciando o enunciando valores, y debe continuar creando técnicas adecuadas para la realización de los valores y para combatir a quienes deciden desconocer los hechos y negar los valores por una razón cualquiera".
II-7.32 Todo esto es lo que vamos a proponer en la presente obra de moral-ficción que anuncia el Nuevo Mundo metahistórico que vamos a descubrir, encarnar y desarrollar con la actividad del Tercer frente de liberación universal que nace y va a caracterizar históricamente al siglo XXI/XXII.
II-7.33 O logramos el beneficio de todos o nos vamos todos a pique, dando fin a la evolución humana que trasciende a la animalidad de los antropoides afeitados que rigen hoy el mundo bajo la égida de la cultura tecnosalvaje… Al igual que José Luis Sampedro muchos otros, hasta hace poco, pensaba que esta barbarie era sólo una tragedia. Ahora creo que es una crisis de evolución de un sistema a otro.
II-7.34 Como señalo en Buddha, Ciencia y Espíritu, si no se produce esta mutación consciente del género humano, éste caerá en los submundos de los antropoides maquillados, y desaparecerá el trampolín de la tierra que apunta al cielo. El mundo humano no entrará en la metahistoria sino en la infrahistoria.
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